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Y la luz eléctrica era como un “diez de achiote”! PDF Imprimir E-Mail
escrito por Gerardo Quesada   
jueves, 17 de noviembre de 2011
• F. González S.
Nonis y pares

Era “nonis” Dos pequeñas plantas hidroeléctricas, la de los Rojas y la de los Matamoros.
Joaquín, con una mirada perdida de niño, era un hombre niño, su condición económica lo obligaba a ser hombre, su edad cronológica, un niño; ¡oh miseria!, cuanto se aprende de ti. El futuro no lo sabe, pero…, el presente. ¡Qué dolor!, los amigos, de su edad jugando trompos, cromos, chapillas, chócolas, a policías y ladrones, a tarzán o el zorro y, a “güevo”, tenía que trabajar, en algunas, muy pocas, se escapaba y jugaba bolillas, por cierto, era muy bueno, de raya, siempre pegaba una y… cuando levantaba la mano, con su dedo meñique en el suelo, encorvando el pulgar izquierdo, apoyando su mano derecha sobre el pulgar con bolilla de dos centímetros de diámetro, como una catapulta, ésta salía con una fuerza y dirección envidiable que se escuchaba a lo lejos el crujir de los vidrios al chocar una con otra, todos sabía que Joaquín se había escapado un “tirito” del trabajo o estaba en la hora del almuerzo, que no era mucho, arroz, frijoles y un pedazo de salchichón de donde Betillo.
Pelota, el de los Bonilla, era bueno con los trompos, aunque Tanqueta no se le quedaba atrás, poseían unas “zapas” resistentes a los golpes y muy buenas para sacar monedas  de a “peseta” del círculo, los sachos eran muy importantes para “salvar” a los que quedaban dentro del círculo y además, por su punta, eran la especialidad para partir un trompo en dos; a pesar de todo, el “plumita” era el papá de los trompos, cada cual, tenía el suyo, de acuerdo a su brazo, fuerza y destreza. Era su joya. Cada quién tenía el suyo. Era lo máximo. Era, la apuesta mayor, su honor, intocable,  su sello, perderlo era el fin. Los mayores ponían una moneda de un colón en el centro del círculo, cuyo diámetro de un metro y medio, si lograba sacar el colón, era suyo, si el trompo quedaba dentro del círculo, el que ponía el colón, se quedaba con el trompo, sus compañeros podían sacarlo, pero arriesgaban a quedar atrapados dentro del círculo y como era el trompo especial, y, que le hicieran una “seca”, era más que un dilema, solamente los buenos participaban  de ello.  
Los Domingos eran los días que disfrutaba Joaquín, primero en su pre adolescencia intercambiando revistas de Tarzán, el santo, zorro, vaqueros u otras, a la hora del matiné. ¿Qué pasó con el matiné?, hoy Harry Potter, que no se sabe si es para niños o para viejos. Pobre quincho “todavía mamando tenía que ir a trabajar”.
Los sábados era un gran día para muchos chiquillos, al no haber escuela, se podía ir a la poza de los Hidalgo, ¡ah que horas!, los árboles alrededor de la poza eran testigos de historias de amor, de corazones rotos, de corazones atravesados por una lanza sobre el tapiz de una roca verduzca, o sobre la corteza de un cedro o laurel; balancearse en una rama de un guayabo fumándose un cigarro mentolado para tratar de esconder el olor a tabaco cuando se llegaba a la casa. Recuerdo que mi madre temía un truco para saber si había ido a la poza, me pasaba la uña sobre el brazo, y si en este quedaba una línea blanca, era señal inequívoca de estar horas en el agua.
Al regreso, se pasaba por el cañal de Coqui, quien tenía unas hermosas y suculentas cañas rayas y cubanas de un dulce exquisito y una suavidad de algodón. Algunos, guardamos un tatuaje que nos dejó el cuchillo. ¡Que cañas! Dos pulgadas de diámetro y dos metros de largo, nada parecido a las de hoy.
Había tanto que hacer, que no alcanzaba el día, jugar ladrones y policías, luchas de espadas después de ver una película del zorro o de piratas, hacer arcos con varillas de sombrillas después de ver una de Tarzán, ir a la placilla a jugar bola, jugar con latas de sardina en semana Santa, con yuntas de elotes halando barro y arena. La tarea de la escuela, era lo más duro, ya que se hacía tarde, casi de noche y la luz eléctrica era como un diez de achiote.
 
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