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escrito por Gerardo Quesada
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lunes, 21 de marzo de 2011 |
Por: F. González S.
A MANERA DE PROLOGO
Se me ocurre contar una historia de mi ciudad, en dos épocas diferentes y por supuesto de mi visión, lo ideal es que sea para entretener o quizá para identificarse con su ciudad, los nombres no son todos los que quisiera, creo que si la lleno de personajes, dejaría a otro tanto por fuera, así que, unos pocos para referencia, pero como es un tema abierto, usted amigo que se toma el tiempo en leerla, en sus comentarios anexos, puede agregar los suyos u otros asuntos que crean oportunos. En el libro Cubaces tiernos en abril, de José Figueres Ferrer, encontré una cita de Baltasar Gracián “Ni tan ignorante que no escribiera un cuento, ni tan desconsiderado que escribiese muchos.” Con ello quiero decir que espero no ser desconsiderado y que no estoy escribiendo un cuento, simplemente un relato. Nunca entendí, por que siempre se dice pares (paris) y nonis, si los nonis son primero, además, el par es repetido, de ahí que lo que pretendo escribir, sea nonis como sinónimo de primero, o de que no está repetido y el segundo un par, en fin repetición de lo mismo. Y, como no sé como va a terminar….este es mi primer apartado.
La cazadora
Venía de la Marina, así se llama ese pequeño poblado donde vivían mis abuelos maternos, no hay ni mar ni barcos, pero si muchas bellas muchachas como mi Madre, y quizá alguna de nombre Marina, emparentada con los dueños de la finca que así se le llamaba; en una “cazadora” conducida por “caballito”, sobrenombre del chofer y dueño de ella, de carrocería de madera y cuyas ventanas se cubrían con plástico arrollado en un palo redondo; doblando por la esquina de la “Centralita”, de Guapango; así se le conocía al dueño, años después llegó a ser Diputado; un bar restaurante y en los altos, salón de baile, en el cual siempre se escuchaba la “rocola”; recuerdo pedirle a mi papá una de esas tardes de domingo,“dos reales” para echarle a ella y escuchar alguna canción de Javier Solís, cantante en boga en ese tiempo y popular aquí en Villa Quesada. Allí, recostado sobre la pared, con el pie derecho también sobre la pared de la zapatería de un gran señor, honrado a carta cabal, serio, pero sobre sus gafas, ofrecía una mirada especial, de respeto, cariño paternal y sobre todo, gran confianza. Domingo, no hay otro con esas características. Ahí estaba mi amigo, él, al igual que otros muchachos de su edad, pues era la costumbre, por las tardes, después de sus faenas, ocupasen esos lugares para “matar el día”. Esa era la estampa al primer golpe de ojo de la Villa. |
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