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escrito por Gerardo Quesada
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jueves, 28 de abril de 2011 |
• Nonis y pares Por: F. González S.
Eran “nonis”, con un pelo de su bigote cerraban un trato o son “parís”, ocupan un bigote de cosas, escritos, testigos y más. El fútbol, las cantinas y el billar, los domingos misa y las tardes casi noche, dar vueltas alrededor del parque, estacionarse en la esquina noreste del parque, para ver pasar a las muchachas, lanzarle algún piropo, mientras eran la ocho de la noche para ir al cine, esa era la vida social de la época. Algunos iban al parque con elotes sancochados, o en la época de cosecha, con nances, o pejibayes, en compañía de sus hijos, debajo de un farol cuya luz era como una peseta de achiote, para pasar las primeras horas de la noche, nunca más allá de las siete, por que llegaba el policía don Tuto, su presencia era suficiente, era una orden, un mandato, respetado por los niños y apoyado por los mayores, era hora de estar en la casa. Este señor a los niños nos corría a las siete en punto. Antes de los quince años. Debíamos estar acompañados por un adulto, para quedarnos un rato más. La calle central, empedrada en su cruz, con algunos comercios, casi todos básicos, por su lejanía con la capital, por esas épocas, de cinco a seis horas en bus. Inocente y su panadería, persona honrada, trabajador y de buen carácter, creció en comercios, pero nunca dejó su panadería; los Sauma, descendientes del centro del mundo, del comercio milenario, de Líbano, por que no seguir siéndolo. Paisa y Jesús con su Talabartería, los Arroyo y otros tantos. En el Mercado Central, desde su ingreso, se percibía los torrentes de aromas, colores y sabores propios de estos lugares. A la entrada, una vendedora con un esplendoroso delantal blanco, con un hermoso bordado a mano, hecho después de realizar las faenas hogareñas y su trabajo en el mercado, a modo de descanso, de grandes bolsas al frente para utilizarlo de caja, para sus monedas; exhibía en dos grandes baldes, rollos de olorosos y aromáticos ramos de claveles traídos de Zarcero, de esos que cualquier caminante, no pueda dejar pasar desapercibido por su agradable olor. Cocha con su agradable ¡como va mi viejo!, ofrecía una yuca de la bajura de un metro de largo. Repollo, de gran movilidad, parecía una hormiga colorada, vendedor oriundo de Zarcero y afincado en la villa, ofrecía un majar de hortalizas de bellos colores, cual arco iris. Betillo, con un enorme lomo maduro o unos crujientes chicharrones de cerdo, dentro de ese olor magro que se respira en todas las carnicerías. Omar, se especializaba en los embutidos y Colorado, allá afuera del mercado, junto a la de Pichirilo y Tuzo, completaban el festín de las carnes. Los Murillo, los Vargas y los Rojas, tenían el comercio de abarrotes, en ellos se apreciaba las grandes pilas de sacos de maíz, frijoles y arroz, procedentes de la fértil tierra de la bajura, ahí se olía a moho, granza, alcohol, y tabaco, grandes pacas de tabaco traídas de Puriscal. Al fondo, el hotel, un hotelucho, de cuartos de madera, viejo, administrado por una mujer, de esas que el mundo no les impide nada, su esposo la dejó, ya que era “faldero”, y sola como pudo, crió a sus hijos, tres mujeres y un niño, ese es mi amigo. Heredó de los dos, trabajador y faldero. La vida era, de alguna forma monótona, como decía mi amigo, yo todavía mamaba cuando me toco trabajar. Las personas estudiaban hasta tercer grado o al quinto, pocos eran los privilegiados de llegar a sexto grado y contados con la mano, los que iban al colegio. Su primer trabajo fue construir un camón, de esos de antes, de cuatro patas, cuatro tablas a los lados, otro poco para poner el colchón de paja, pero paja de la zona, o sea, zacate seco, ¡ay Dios! Se le salían unas puntas que por la noche al dormir, sentía uno, unas punzadas en el costado, dolorosísima. Como llovía trece meses al año, la humedad en el cuarto se duplicaba, pues las señoras, tendían la ropa lavada en mecates que cruzaban el cuarto como telas de araña, no había lavadoras, menos secadoras, la tela casi toda era de manta, por tanto, difícil de secar y por las noches con esa humedad y frío, las orinadas en el colchón de paja, eran cosa de toda noche, de esa manera, agregaban un olor más a esos pequeños cuartos de dos camastros, de dos pasajeros cada uno y el único espacio libre, servía para ponerse en pie y de medio lado, escurrirse a la puerta, así dormían los cuatro bajo la observación el Corazón de Jesús, allá en la pared de un almanaque del almacén Inocente Hidalgo. Los pijamas eran de manta, las sábanas también, todas lucían la marca de las compañías de harina o de azúcar, pues así transportaban esos productos y con una moneda de un peso, que era el valor de cada saco, se lograba mucho, calzoncillos, camisas y más. Gracias a la idea de don Pepe, con lo de la “negrita”, maquina de coser y los sacos de manta, se salía de grandes apuros, más o menos lo que hace hoy la ropa americana. Pintorescos y necesarios personajes transitaban a diario esas calles; Manco, un joven carretonero, el único que recuerdo bien, después de meter la mano en un molino para carne cuando estaba haciendo salchichón, se le molió hasta medio brazo y de ahí en adelante, se le terminó su trabajo de carnicero, por ello adquirió un caballo cargado de huesos y grandes callos por la amarras de su destartalado carretón, que ofrecía un servicio importante en esos días como taxi de carga; sin embargo, el que más me llamaba la atención era un personaje que por su figura simulaba al quijote, alto, blanco, de sombrero de ala ancha y picudo, por su aspecto parecía un cuadro de Gauguin, ya que el producto que vendía, produce un residuo de color negro que penetra hasta el fondo de la nariz y se incrusta en todo poro, que convierte a la persona en una imagen difusa, halando su caballo, de orejas puntiagudas, cenizo y ambos de paso cansino pregonando por las calles ¡llegó el carbón!. La mayoría del pueblo cocinaba con leña o carbón. La leña, esa época era de bajo costo, de buena calidad y abundante, contrario a hoy. Los hogares comunes la consumían, pero en forma especial las panaderías. El último bueyero de la Villa fue Pozola, desde el aserradero de Beto Chaves transportaba su carga muy bien ordenadita para que le cupiera bastante, sino, Inocente Hidalgo o Manuel Chaves, ambos dueños de las panaderías, le reclamarían de llevar poca leña. Pozola, siempre alegre les decía alguna tontería, y, acompañado de algún chiquillo para que le ayudara a descargar su mercancía, a cambio de un paseo en carreta o un dulce, se ponía a realizar la faena, que era muy simple, pero que había de tener un gran cuidado con una “costilla de guayabón o de chirraca”, pues traían siempre una hormigas diminutas, amarillentas, llamadas de fuego, que le quemaban a uno el alma. Por donde Xenón, al frente, arriando cerdos o ganado los viernes o sábados, pasaban Paliba, hombre pequeño, un poco encorvado y de un hablar gracioso, Tarquesa, encorvado, religioso, siempre con su rosario en la mano, era feliz rezándolo y visitar el cementerio, acompañando a cualquier difunto y el Negro, de pequeña estatura, su color negrusco, posiblemente por pasar tantos días al sol, muy callado, quizá llego a esta zona cuando rompieron los vientos nórticos; todos a pie y vociferando arres, ¡altooo, heey, fuera!, con un mecate en la mano y descalzos todos, solamente el cincuenta por ciento de los costarricenses poseían zapatos. Ellos tres merecen un homenaje, quizá como pocos entre los pioneros de estos parajes. Fueron los primeros transportistas de la riqueza y el progreso de San Carlos, llevaban y traían ganado y cerdos desde Alajuela arriando, como si fuera cosa diaria, e incluso una vez desde el Valle del General. Vivieron y murieron pobres como todos los héroes, su sudor, lucha, ahínco y servicio sirvió de rédito a otras generaciones. En una silla de madera en forma W, sobre los lomos de su burrito, para poder colocar los tarros de la leche, todas las mañanas se hacía presente el Lechero, casa por casa, con un tarro de la avena Quaquer, que según se dice, tiene la medida de una botella, soldándole una manilla para no meter el dedo en la leche, a grito partido anunciaba su llegada, piropeando a unas y diciendo tonterías a los chiquillos, lloviera o hiciera sol, pasaba todos los días. El único que no tiene vacaciones en el año. Un pueblo tranquilo, solamente tres hechos asombrosos captaron la atención, los incendios de La Central, el más importante centro de diversión de la época y del Almacén de don Inocente, pero sobre todo el gran y asombroso descubrimiento, del que por años fue una aventura escalarlo y estar en la sabana de su cumbre, una hectárea de terreno con un hueco en el centro que emanaba un hilo de humo, eructa y nonis y después pares, quizá sea el responsable de que se iniciara el cambio o transformación de la Villa a Ciudad, el Volcán Arenal.
Pozola. Nigua que ya ha depositado bajo la piel sus huevecillos y que presenta un aspecto de grano de maíz reventado. Diccionario de costarriqueñismos. Carlos Gagini. Ed. Costa Rica, 1975. |
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