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El regreso desde Arenal PDF Imprimir E-Mail
escrito por Gerardo Quesada   
martes, 30 de agosto de 2011
Nonis y pares
• Por: F. González S.

    Debajo de un Almendro Papayo estaba Fallín, tataretas al hablar, especialista en molestar, buen amigo, pero sobre todo, buen tractorista, gozaba de las proezas que hacíamos al llevar un racimo de banano criollo al hombro, por esa cuesta de barro rojo propio de la zona, pegajoso y resbaladizo y al final, había que subirlo a la carreta sin que se golpearan, por que el banano, al golpearlo se pone negro y es fruta perdida. A esa edad, con un cuerpo de metro y medio y un peso cercano a las cien libras, era todo una hazaña el cumplir esa labor. Al final, en filas de seis en fondo, parados para proteger la fruta de los golpes de la carreta al caminar, de ahí que cuando se corta el virote, este debe quedar aproximadamente unos diez centímetros más largo  de la última mano de bananos, para que se pueda apoyar en el piso y la fruta no sufra.
    De regreso, el viaje era más lento, el preciado tesoro que contenía la carreta tenía que recorrer largas tres horas y media, así que, un bollo de pan blanco, un pedazo de salchichón, y para bajar el festín,  refresco de sirope en la pulpería de don Juan Chacón, de tal manera que las tripas callaran por un momento mientras se llegaba a casa.  Listos para partir se vino uno de esos aguaceros julianos que apenas nos dio tiempo para arrollarnos en una bolsa plástica, a la altura del cuello se coló como serpiente un hilo de agua que fue a parar, allá, abajo, donde se encuentra el puño del anuncio de harina fuerte, un poco más arriba de las cadenas, solamente los nomis recuerdan esos calzoncillos de manta.
    Ese frío, los brincos de la carreta, el hambre que asomaba como crujidos de ramas secas al majarlas, la asoleada de todo el día, los restos rojizos en el cuello de las hormigas de fuego, al cargar los racimos de banano, se olvidaban a la altura de Muelle, cuando los celajes del atardecer incendiaban la llanura y a lo lejos, majestuoso, con su sombrero chino en la cúspide, aún vivía su letargo, seguía siendo el cerro Arenal.
    El astro majestuoso se oculta detrás de ese cerro y la visión se acorta un poco más allá de las cercas de guachipilín, el agua se ha ido hacia la depresión, las nubes se arremolinan y en negro poderoso se acurrucan hacia el bajo de los Rodríguez y desde el Arenal aparece el Dios Zeus lanzando rayos desaforadamente, molesto por los vientos del Papagayo. El viejo Ford  de pronto, deja de ser el único que se escucha, ya que una sinfonía de croas nos avisaba que estábamos a la altura de La Zapera.
    Como candelillas centellean las luces de unas pocas casas en la vereda del camino hasta que se llega a Quebrada Azul, ya el olor a panela se ha ido junto a un centenar de nicaragüenses, que con ilusión retornan a sus hogares esperanzados de regresar a la siguiente zafra. El papá de “Gato Flaco”, recostado al mostrador, suelta una enorme carcajada, recordando su última “torta” a algún paisano, era una parada obligatoria, un “traguito” para Manuel y una cola de Walter Delio para mí. Y, un agradable rato con las ocurrencias de Min, pero había que seguir, faltaba mucho para llegar a la Villa. Aquí se iniciaba la cuesta. El clima cambiaba cada media hora. La naturaleza le seguía los pasos. La humedad también, bochornosa en la bajura y fría en la Villa.
    Subir Florencia y luego hasta la Villa en Chapulín, era lento, cansino y parecía que el estómago se daba cuenta de la cercanía a la casa, pues otra vez comenzaba por hacer estragos, como gatos peleando sonaban las tripas, y… faltaba más, descargar y guindar cada uno de los racimos en ganchos de carnicería para poder irse a dormir. Ahí estaba don Pepe, con su sombrero negro, su gran bigote y su hermoso reloj de bolsa de larga cadena de oro, observando la hora. ¡Muchachos, les agarró tarde!
 
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