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escrito por Gerardo Quesada   
miércoles, 13 de julio de 2011
Nonis y pares
• Por: F. González S.

    Las banderas lucen siempre relucientes, altivas, coloridas y se constituyen en un símbolo de poder, esa es la impresión que creo dan, sin embargo estas banderas de las que escribo, es de un pueblo olvidado.  Por tercera vez la visito y más parece una estampa plasmada en un lienzo de Quico Quirós que un pueblo en progreso, perdón, en progreso físico, porque humano si lo hay y de verdad.
     Que nombres más lindos, de Carrizal a Banderas, que camino más tortuoso, decimonónico, ni un “mono” cruza por ahí, de regreso a casa, el carro tuvo que ir al taller. Aproximadamente unos ocho kilómetros de “cros”, no de esos que disfrutan en el deporte de los carros o motos, sino de golpes por los grandes baches de ese trillo, abra o picada como lo quiera llamar.
     Claro, el camino es así porque solamente hay pequeñas fincas, y por ende personas muy humildes, paralelo a ese camino, hay otro, que va al Concho, otro nombre hermoso; espero que no cometan el error de ponerle otro, de esos que hay tan repetitivos, de santos, este  camino, si son de fincas grandes , este si está arreglado y cada momento le echan su raspadita para que los carros de los ricos no se maltraten, el otro camino, “deporsí”  los pobres no tienen carros. Y los votos, ya no hacen falta, todo está calculado, con un porcentaje de la cabecera de los poblados mayores, se gana.
     Al llegar, a pesar de ser una estampa petrificada, dos agradables sorpresas, hay colegio en el pueblo, y las personas no pierden el humor y el entusiasmo por el progreso de Banderas.
     El Colegio, como en todo pueblo rural, inicia en el salón comunal, sin teléfono, sin sillas, sin aulas, sin biblioteca, bueno es un colegio sin, pero colegio al fin. Educadores jóvenes, entusiastas y en sus pupilas un reflejo o un sueño parece florecer en ellos, una esperanza de grandes cosas, de triunfos , ese barro colorado que amarra sus botas de hule a la tierra y los ancla proyectando grandes ideales.
Ir a un pueblo y no visitar la pulpería, es no conocerlo. La pulpería que conocí hace 25 años atrás, la misma, la misma banca, el mismo piso, un poco de cemento  esparcido a la entrada, con trozos de barro colorado que dejan las botas de hule,  al lado de ella, un arbusto para amarrar el caballo. El alma de la pulpería corresponde a las tertulias de los parroquianos, sus risas su don de gentes, a cada uno que llega, se le ofrece la mano y se le da su saludo, cuanta falta nos hace esto en las ciudades y otros espacios.. Su mano tosca, gruesa, callosa, firme, pero no grosera, se la ofrecen, pero no la aprietan, le permiten al visitante tomar la iniciativa. Si son conocidos, en algunos casos juegan con fuerza y risas de placer al saludar a un amigo, sino, la sabiduría del campo les enseñó el respeto,  la cortesía y la prudencia.
Las horas en una pulpería pasan y juegan del ayer al hoy con asombroso ritmo, recuerdos, chistes, experiencias, sustos, alegrías y más. Al llegar, cuatro campesinos nos saludan amablemente, a mi compañero le conocían, pues es vecino, en segundos se armó la conversación con esas características propias del campo, sin restricción, con alegría, siempre con un pensamiento positivo de la vida a pesar de las penurias, estaban esperando una autoridad del MEP, pues eran de la Junta del Colegio, con el propósito de que les hicieran una aulas.
Para alguien que no tiene claro que es el campo, que es la naturaleza, cual es la grandeza de Dios en su creación, el barro, las ramas de los árboles, una serpiente o un espectacular pájaro, para alguien que es ciego de la mente, la contaminación le tiene sin cuidado, para alguien que no ha logrado la individuación con el medio ambiente, contaminar no es problema.
Al estar en la pulpería, se presentó mi segunda alegría, dos de esos campesinos a unísono volvieron a ver un carro que pasó por el frente y sus seños se fruncieron, mi amigo los volvió a ver y ellos muy preocupados expresaron, “alguien anda por ahí tirando bolsas de basura contaminando” y de ahí en adelante, arrancó una agradable conversación sobre el medio ambiente, propio de un grupo de expertos que con su machete al cinto y sus botas de hule, saben el daño que un papel de un confite la hace a la madre naturaleza.
Banderas es uno más de nuestros pueblos con personas de entrega, sabiduría, pero sobre todo con un espíritu de hidalguía, quizá, olvidados por los políticos,  pero con una convicción de que la vida siempre repara más y que en su caminar, las huellas del esfuerzo por hacer algo más, por dar algo más, es pura sabiduría bíblica. Gracias Banderas por existir.
 
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