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Requisa el día de la virgen PDF Imprimir E-Mail
escrito por Gerardo Quesada   
martes, 30 de agosto de 2011
Son las 9:00 a.m.  del 02 de agosto,  día de la Virgen de  Los Ángeles, desde buena mañana cientos de peregrinos caminan rumbo a los templos en honor a la negrita, ubicados en Los Ángeles de  La Fortuna, Los Ángeles de Pital, Los Ángeles de Aguas Zarcas y Los Ángeles de Zarcero.

El sol empieza a calentar, pero la fe de los creyentes se impone al calor y al bochorno que sale de la tierra, la mañana transcurre con normalidad en medio del fervor religioso que mueve a los romeros,  agradecidos con la virgen por los favores concedidos.
En la cárcel de La Marina de San Carlos,  482  presos ven este día como uno cualquiera. Detrás  de las rejas,  los privados de libertad tratan de  ingeniárselas como sea para vivir una vida similar a la  que llevaban afuera.  
En  este mundillo, los reos buscan mil formas para esconder drogas, celulares, armas blancas, comidas, lotería de la llamada Tiempos,  hechos por ellos mismo, así como chicha,  equipos de sonidos, radiograbadoras y  dinero, todo aquello que les dé seguridad y poder dentro del penal.

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La mayoría de la población de la Cárcel La Marina son jóvenes entre 18 y 30 años.


A las 9:30 a.m. en la Ciudad Deportiva de Ciudad Quesada,  140  oficiales penitenciarios y 25 de la fuerza pública, al mando de Guillermo Ugalde, Director de Penitenciaría y  el Subdirector William Venegas, instruyen a sus hombres  para hacer una incursión y  requisar la cárcel de La Marina.
Aquí,  se afinan las estrategias para  la revisión, intentan tomar los atiborrados Pabellones A,B,C ,  donde conviven,  casi en hacinamiento, los reos.  Para hacer la requisa  dejarán “patas arriba”, todos la pertenencias de los privados de libertad, incluido camarotes, colchones, zapatos, cualquier agujero o lugar sospechoso será objeto de revisión minuciosa, incluidos los presos.

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Este guardia encontró un celular en una caleta hecha en el camarote.


Por primera vez, seremos testigos presenciales de una requisa, para lo cual, se nos proporciona una camiseta, igual a la de los oficiales.
Luego de las instrucciones de rutina, los guardias suben a un autobús, otros van en   busetas,  en vehículos de la policía  regional y otros en motocicletas. Se inicia la caravana rumbo al centro penal, todo está planeado,  empiezan  los vehículos a rodar, por un trayecto  de 10 kilómetros que separa Ciudad Quesada del penal.
En la calle,  la gente se detiene a ver la caravana de policías que se abren paso en su vehículos . En menos de 15 minutos,  los policías penitenciarios  están en las afueras del penal.
Los portones de la cárcel  ya estaban abiertos para la incursión,  en cada puerta un oficial  vigilaba las entradas y salidas del penal. De inmediato,  los guardias  entran rápido con bastones, otros van armados,  les sigue un oficial con un perro entrenado para detectar drogas, en cuestión de segundos,  los  requisantes están dentro de los tres pabellones. En el penal,  hay ansiedad, los reos se mueven inquietos, gritan improperios contra los vigilantes,  hay zozobra. De los pabellones  poco a poco van apareciendo los rostros trasnochados de los presos, pálidos y despeinados sin el baño matutino.  Algunos tienen  el  torso descubierto y con   grandes tatuajes en el cuerpo, llevan sandalias,  otros  con tenis de las más caras marcas: Nike, Fila,  Adidas y otros,  con tenis más baratas.

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Guarda requisa ropa de un camarote.


Habitan casi en hacinamiento

Los guardias ingresan a las celdas del Pabellón A, hay cuatro en cada pabellón, en cada uno,  duermen 24 internos en camarotes, casi en condiciones de hacinamiento porque el espacio es pequeño.
Los requisantes tratan  de detectar cualquier movimiento extraño y evitar que los  presos escondan cualquier arma, droga u objeto prohibido.
Unos  presos buscan confundir a los  guardias, un joven, cuya edad  no supera los 20 años, intenta deshacerse  de varios billetes de ¢10 mil, pasándolo a otros internos sólo se les permite ¢30 mil por persona,   y éste,  tiene  más de ¢60 mil, los guardias se dan cuenta de la movida e intervienen, de inmediato se forma un motín, dos jóvenes se ponen agresivos e intentan resistirse,  los oficiales se lanzan encima y los movilizan, mientras los otros le  gritan ¡hijo de putas…!,  ¡mal paridos…!  y un montón de improperios más.

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Objetos incautados.


El joven de la plata es interrogado, asegura que vende Tiempos,  o sea lotería creada dentro del mismo penal,  William Venegas,  le recuerda que esta actividad está prohibida, también llevar consigo más de ¢30 mil, de inmediato, le decomisan el dinero,  lo esposan y lo llevan a una celda aparte.
Uno a uno los van sacando de las celdas, mientras son requisados, con un  detector  de  metales. Los obligan a quitarse las tenis,  le pasan las  manos por las partes íntimas en busca de cualquier objeto y el detector de metales. Un oficial detecta algo, el joven se resiste y le dice que lo que  toca es un testículo, pero los experimentados guardias no se equivocan, lo llevan a un lugar separado y lo obligan a quitarse la ropa para que muestre lo que lleva consigo.
 Una vez que son  requisados  los  ubican en una celda aparte, los reos se resisten y  los guardias emplean la fuerza para cerrar el portón,  ya que los presos intenta salirse,  en el forcejeo resultan golpeados en una pierna,  los guardias Juan Mora Martínez y Juan José  Marenco.
Ahora si,  empieza la requisa en los pabellones, de inmediato los oficiales entran en acción a los cuartos tapizados de objetos personales,  ubicados en las paredes, techos, en cajones,  en los camarotes, en el suelo, en el lugar que cada interno tiene su “parcela” de pertenencias. 

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Guardas se preparan para operativo.


Ingresamos a los aposentes donde cuelgan de mecates  camisetas y prendas íntimas. Hay variedad  de  ropa  mal lavada, maletines, bolsos,  uno  morado con la imagen de  Winnie Pooh, el osito rompe  corazones de los niños. Los patios de los pabellones también están repletos de tendidos  de ropa y tenis viejas,  de todo tipo de marcas. Expuestos al sol hay unos zapatos de cuero marca Caterpillar,  pantalonetas, jeans, camisetas, en general,  todo tipo de prendas.
Los guardias penitenciarios levantan colchonetas, abren armarios, revisan bolsos, zapatos y prendas,  minuciosamente, en  pocos minutos todo está “patas arriba”, revisan todo  con ojo de lupa y de inmediato empiezan a salir armas blancas escondidas en las almohadas, o en las aberturas de los colchones. El  suelo  está cubierto de ropa,  sábanas,  páginas del periódico “La Teja”, con las últimos chicas con escasa ropa, las paredes, los armarios están tapizadas con esos “pósters”, con grande  titulares que dicen:“ colega nocturna”, “tita religiosa”. En un armario cerrado hay un lista con   precios de  galletas y otras golosinas, aquí al parecer  funcionaba  una especie de pulpería carcelaria.

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La ropa tapiza todos los rincones del penal.


Un clásico de la literatura

De un armario,  los guardias sacan un clásico de la literatura,  el libro “Papillon”,  del escritor Henri Charriere, que en 1906 fuera  sentenciado   a trabajos forzados a perpetuidad ,  en las colonias francesas por un crimen que no cometió, y que  más tarde los actores Steve McQueen y Dustin Hoffman  popularizara con una película con el  mismo nombre del libro. También  del mismo cajón  sacan otro cláscico: “Desde el Cielo ” de Alice Sebold, escritora estadounidense, que narra la vida de una niña asesinada y ésta desde el cielo mira lo acontece en la tierra.
Los experimentados oficiales buscan en los bordes de las tablas de los camarotes agujeros o más conocidos como “caletas”,  labrados pacientemente por los presos para esconder droga, celulares y o dinero. No tardan en encontrar aquí un celular y unas piedras de crack.
Hay radiograbadoras por montones, todas son decomisadas porque no se permite que tengan cordón de enchufe, sólo las que funcionan  con pilas son permitidos.
En el piso hay tiradas  bolsas para chorrear café, tortillas de queso con  sal ropa, zapatos, colchonetas, bolos, entre otros.  Los guardias encuentran  un pucho de marihuana metido en un pichel, así como un hielera con embutidos  Zaragoza, queso amarillo Dos Pinos , chorizo y mortadela. La  hielera está llena de  bolsitas con hielo para mantener en buen estado el producto.
 Un guarda acaba de hacer un hallazgo importante,  en la suela de una sandalia estaba escondido un celular marca Nokia.
Mientras se lleva a cabo la requisa,  los reos enardecidos gritan improperios a los guardias, las  mujeres que se han unido al grupo de la requisa también son insultadas con  palabras vulgares de tinte sexual.

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Desde las celdas.


Los hallazgos continúan, al final se encuentran 81 armas blancas, ocho litros de chicha, cuatro  USB, más conocidas como llaves mayas, 32 radiograbadoras, 27 botellas de vidrio tipo perfume, seis calentadores  de agua, incluso uno ellos hecho con un galón de plástico con resistencia incluida, siete calculadora científicas, tres vergas de toro,  22 tijeras, cinco juegos de azar, 16 cucharas, una carabina hechiza, cuatro celulares, tres paquetes de azúcar para hacer chicha, 23 gramos de marihuana, ocho piedras de crack y cuatro presos retenidos y  serán enviados a la Centro Penal La Reforma , por mal comportamiento.
Cuando termina la requisa,  los cuartos quedan como si hubiera pasado un huracán, de nuevo,  los presos son incorporados a sus aposentos, antes, vuelven a ser requisadazos con detectores de metal y con perros que olfatean droga.
William Venegas, explica que esta requisas son previamente planeadas, se hace sin utilizar la fuerza y agredir a nadie, si alguien se resiste,  es reducido en potencia,  o sea,  es esposado y separado de los otros presos.
“Tenemos un grupo bien entrenado integrado por guardias de  todos los centros penales del país, realizan este trabajo voluntario y ellos posee basta experiencia en requisas, explica este señor, muy amable y dispuesto a colaborar con la prensa.
Al final de la requisa,  todo vuelve a la normalidad,  afuera del penal, quedan un cerro de  colchonetas y varios  cajones decomisados, sólo se permite uno por persona y algunos presos tenían dos o más.
Tras los barrotes, los presos empiezan a acomodar sus cosas con el sin sabor de que todas su pertenencias  han sido violentadas y deberán empezar de cero para volver a hacerse de sus armas y aparatos, y con ello,  imponer respeto, darse un lugar en el penal, extorsionar y tratar de vivir una vida   que se añora y se anhela cuando se ha perdido la libertad.

Cárcel La Marina

Población: 482 presos
Extranjeros: 110
Sentenciados: 312
Indiciados: 165
Doble causa: 05
Pabellón A: 113
Pabellón B: 168
Pabellón C: 83
 
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