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El Rio la Vieja, la leyenda, el viejo puente metálico y el Cristo crucificado PDF Imprimir E-Mail
escrito por Gerardo Quesada   
viernes, 14 de agosto de 2009

Por Jorge Rolando Molina G.
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El río

    El río La Vieja es uno de los aproximados 115 cursos de agua que alimentan la cuenca del río San Carlos. Su naciente se localiza en la falda norte del cerro Pelón, punto extremo del límite sur que separa al cantón de San Carlos, del cantón de Alfaro Ruiz. A partir de su fuente, el río La Vieja se orienta, primero hacia el oeste y luego con rumbo N.O  hasta su confluencia con el río Peje en donde conjuntamente vierten sus aguas en el San Carlos. Su  longitud es de  unos 35 Km y  a lo largo de su curso discurre por zonas que van desde VADOS, profundos valles y gargantas, hasta espacios abiertos y llanos. Desde finales de la década de los noventa, sus aguas son aprovechadas para la  generación eléctrica por parte de la Cooperativa de electrificación rural de San Carlos. (Plantas Chocosuela 1-2- y 3.)
Acerca de su nombre, se ignora la época en que se le empezó a conocer  de esa manera. Probablemente ocurrió a principios de la segunda mitad del siglo XIX, así lo evidencia un plano que por encargo de la Compañía del camino a San Carlos, levantó el Barón  Alexander Von Bulow en 1854 en el cual se registra este río con dicho nombre. Posteriormente, sigue apareciendo  con este nombre tanto  en  los planos sobre denuncios de tierras  que se efectuaron en la zona, como en  el mapa de C.R. levantado en 1876 por Luis Friederichsen.

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La leyenda

    De acuerdo con un relato que  publica Héctor Solano Blanco en el diario La Nación (13-3-1965 p.2) bajo el título Estampas de San Carlos, el río La  vieja debe su nombre a una leyenda que empezó a circular durante la segunda mitad del siglo XIX y que se originó en  el caserío del mismo nombre, cerca de Florencia.  Añade que un día llegó a ese caserío, una robusta mujer ya entrada en años, de piel quemada y chata de cuerpo, que se dedicó desde el primer momento, a vender comida y dar albergue a los viajeros que ingresaban al territorio de San Carlos por la ruta de Buena Vista. Con el tiempo, se volvió muy familiar entre estos, la expresión  “llegar a comer y pasar la noche donde la vieja“, adjetivo que terminó extendiéndose al río que pasaba muy cerca de ese paraje.  Continúa diciendo Solano Blanco que esta mujer, nimbada de misterio  y acentuado hermetismo, mostraba  sin embargo, un halo de abolengo indígena. Aunque jamás  reveló su procedencia, hay sospecha de que provenía de los llanos de Guatuso y, hasta se llegó a decir que establecía  un extraño conjuro con el demonio. Sea como fuere, lo cierto es que un buen día  arribó a su fonda  un español nativo de las islas canarias llamado José González, quien terminó llevándosela a su hacienda en Arenal en  donde la puso  al frente de la cocina y la  doma de novillos casi salvajes. En ese sitio, puso término a sus días.

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El viejo puente metálico

    Volviendo al río La Vieja, hubo un momento en que resultaba imperioso la construcción de un sólido puente que permitiera el acceso al Cantón de San Carlos por una ruta nueva  diferente a la de Buena Vista, y que además, recortara la distancia entre Zapote y Villa Quesada en unas dos horas y media. Este nuevo trazado de unos 2O kilómetros conocido como  “El desvío“ estaba pronto a iniciarse y por eso era menester  construir un puente en el punto más estrecho del cañón de La Vieja.  El sitio escogido resultó ser una profundísima garganta por cuyo lecho pedregoso discurría el torrente espumoso de las aguas de este río, que se atropellaban entre si,  en una perenne persecución por abrirse paso a  toda costa.  Vale añadir que  sobre un farallón casi perpendicular, se tomó la decisión de construir un puente metálico con una sola vía, cuyo diseño corrió por cuenta de uno de  uno de los más afamados ingenieros  y arquitectos de la época: José María Barrantes. El diseño presentado en junio de 1933, constaba de una estructura metálica dotada de barandas y grandes vigas y celosías de acero que descansaban sobre  dos torres situadas hacia la parte central del puente. Se añadían además,  dos pares de bastiones con fuertes anclajes colocados en los extremos  que permitían el ingreso y la salida del puente, sobre los cuales se colocaría una losa o  planché de concreto reforzado.  La obra se empezó a construir a finales de ese año y  prosiguió durante el siguiente de manera que para el 23 de marzo de 1935, en un informe que remite el inspector de puentes y carreteras don Gonzalo Pereira a su jefe inmediato, da cuenta que entre los puentes  concluidos en 1934, figura el de la Vieja, carretera a San Carlos. El costo de la obra, entre materiales y mano de obra, alcanzó la suma de 13,079 colones y fue una realización de la administración Jiménez Oreamuno 1932-1936, y no de la Cortes Castro 1936-1940 como erróneamente se cita en el decreto ejecutivo del 19 de mayo de 1995, publicado en la Gaceta N’ 121 del 26 de junio de ese mismo año, en  que se declara esta obra, como patrimonio histórico cultural del cantón  de San Carlos. Para detalles, consúltense, las Memorias de la Secretaría de Fomento y Agricultura correspondientes a los años 1933, 1934 y 1935.

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El Cristo crucificado

    Está claro que desde el momento en que el puente quedó terminado, se impuso la necesidad de colocar en lo alto del peñasco, un  Cristo Crucificado que brindara protección y consuelo a todos los que transitaran por ese puente,  ya fuese a pie, a caballo, en carreta o en vehículo automotor.  Y es que había una razón para hacerlo. Refiere Solano Blanco que cuando  se  construía  esta estructura, un trabajador tuvo el infortunio de dar un mal paso que lo precipitó al abismo en donde lo esperaba una muerte segura; pero quiso la Divina Providencia , que un ramaje  salido de la roca detuviera su caída; por lo que el peón fue  rescatado ileso. Como respuesta a ese acto milagroso, se hizo una colecta y se mandó a  poner en lo alto del paredón un Cristo que sirviera de amparo a los viajeros. Para esta misión, el cura párroco  de Villa Quesada Delfín  Quesada, encargó la labor  a  José María González Cruz.  Cuenta mi madre -que para ese entonces era una niña de escasos 10 años-, que su padre enfermó severamente  de tan solo recordar los aciagos momentos por los que había atravesado  al acometer semejante pedido.  Era obvio que el peligro de   sufrir  un fatal accidente era más que latente máxime teniendo fresco  el recuerdo del trabajador accidentado. Sin  embargo, a medida que fueron  pasando los años y el tráfico vehicular se volvió intensivo; ahora con autobuses de mayor tamaño que alternaban  su travesía con camiones  madereros y pesados trailers de carga, los temores de pasar el puente  se acrecentaron en razón a lo estrecho del mismo, y a lo cerrado de sus accesos tanto para ingresar como para salir.  La preocupación  aumentaba  de tan solo pensar que  su diseño no  estaba quizá  capacitado para soportar el inmenso peso del tránsito vehicular ya referido.  Es por eso que cada vez que se imponía el paso obligado por esta estructura  resultaba inevitable que buena parte de los pasajeros entraran en trance. El miedo era indiscutible  Algunos palidecían y se santiguaban mientras que otros cerraban los ojos  musitando una oración, sin faltar  desde luego, los que dirigían su mirada fervorosa hacia el Cristo en demanda de  protección y consuelo. Por dicha esta pesadilla tan llena de temores y mortificaciones acabó cuando a partir del día 30 de abril de 1994  un nuevo puente de mayor longitud y de dos vías, construido por la empresa Dimon,  a un costo de  70 millones de colones, puso término a esa angustiante tortura.
 
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