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escrito por Gerardo Quesada
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miércoles, 21 de octubre de 2009 |
• Los temores del presidente
El presidente de la República, Óscar Arias, denunció el 14 de setiembre, la existencia de grupos de personas extremistas en el país que, en su criterio persiguen “deshacerse del gobierno y sus instituciones”. Textualmente el Presidente dijo: “Lo alarmante del caso es que a lo interno de nuestro propio país hay personas tentadas por el discurso radical que recrudece en la región. Hay en Costa Rica quienes creen que, en efecto, es tiempo de la confrontación social y de la lucha vengativa entre las clases”. La preocupación del Presidente nos parece razonable, desde su actuar como político y presidente de la república en dos periodos, aunque no mencionó nombres ni grupos concretos, actitud poco seria para la investidura que ostenta. Como intelectual y hombre de amplio curriculum académico. Sabe nuestro Presidente, que los grupos extremistas nacen y se fortalecen en sociedades donde la desigualdad aumenta y las esperanzas del pueblo se pierden. Contribuyen otros factores como la impotencia de los grupos, ante el poder que todo lo controla y la pérdida de credibilidad en los poderes de la república. Costa Rica, emblema mundial de la verdadera democracia, con una clase media fortalecida que servía de amortiguador entre los más pobres y los ricos, en la década de los 80 comenzó a ceder terreno a un grupo económico, que amparado por la avaricia y una tendencia liberal, desmanteló y se apoderó de los grandes negocios del Estado (CEMPASA, FERTICA e INCOFER entre otros). Así nacieron grandes grupos económicos que multiplicaron por miles sus ganancias y que a su vez eran capaces de financiar las campañas políticas de sus compañeros de negocios en la política. Pronto el poder económico y el poder político, se fundieron en una sola fuerza; como en todos los demás países de Centro y Suramérica, esa amalgama de poder considera que los pueblos deben subsistir y conformarse con las migajas que caen de sus platos. No contentos, ese poder económico-político, también extendió sus tentáculos hacia los demás poderes y eligieron magistrados, afines a sus líneas de pensamiento. Es ahí, donde otros grupos extremistas se alimentan, para que los pueblos pierdan la esperanza y aborden cualquier barco, aunque no tenga rumbo fijo. Se le olvida al Señor Presidente, que es él quien con su forma de gobierno y alcanzar sus metas, ha propiciado de alguna forma, el nacimiento de grupos radicales en Costa Rica. ¿Como logra ser candidato a la presidencia? Si no es con “el favor de la Sala Cuarta”, por lo menos así quedó en el ambiente popular, con lo escrito por Guido Saens en su libro autobiográfico Piedra Azul, Atisbos de mi Vida, como se manejó desde Casa presidencial el referéndum para el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, con el famoso memorándum y así hoy vemos como quiere imponer el nombramiento de la defensora de los habitantes. A nivel social hoy vemos como el país pierde escalones en la calidad de vida de los costarricenses, el quinto puesto que poseía en el informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) del 2007, cuando se midieron los datos del 2005, ahora lo ocupa Uruguay; el sexto, Cuba; el sétimo, Bahamas, y el octavo, México. Así las cosas tiene mucha razón nuestro señor presidente de estar preocupado, él sabe que la desigualdad social y la polarización de la población es el caldo de cultivo para formar extremistas, pero es él quien en dos mandatos ha contribuido con que algunos pocos tengan avión privado y muchas cuentas bancarias en el exterior e interior del país, mientras que otros luchan por comer día con día en un país que hasta hace poco era ejemplo mundial en la repartición de la riqueza. Todavía queda tiempo, tiempo para cambiar el rumbo, para dejar que la democracia fluya sin manoseos y secuestros, como hoy grupos de derecha e izquierda lo hacen en América Latina sin dejar de lado nuestra querida Costa Rica. Tiempo para anteponer los intereses del país, por encima de los intereses económicos personales, que debe ser la misión de un gobernante o funcionario público sea cual sea su cargo. |